Él es el sueño, sueño mío que no muere, que no muere ni se cansa, ni desgasta, ni desgasta mis frías ilusiones ya endurecidas, endurecidas por la arena de un reloj.
La gente mira y piensa, y mira y piensa... piensa? No. Sólo se llena de lo que les entra por las pupilas. Pupilas que ven a un ciego, a un loco... A un perdido y desubicado que parece llevar su vida de cabeza. Que parece crecer como un árbol para abajo. Pobre incomprendido... No se dan cuenta de que aquel ha asentado mejor sus raíces que ellos mismos. Y que no es él quien crece como un árbol para abajo, sino ellos. Ramas ya secas y sin frutos. Inservibles, no deberían seguir viviendo. Si es que aquello puede llamarse vivir. Anaíro
Es la longevidad fruto del árbol que se mantiene infértil? Ese árbol que, por no tener fruta que cargar, se mantiene florecido y sus ramas se expanden con el horizonte sin jamás perder la ligereza ni el deseo de explorar cada estación, año tras año? Porque ese árbol extraño no tiene nada que perder cuando su dolor o su locura le pertenecen a él y a ningún otro. No tiene cargas que se pudrirán en el calor si se acerca demasiado al sol, máximo una quemadura o dos de esas que se curan con sal y agua del chorro. Cargas que le podrían costar un brazo o dos si se volvieran muy pesadas, y esos brazos no los quiere arriesgar, pues son los que le permiten acariciar el cielo y le mantienen lejos de la tierra dura y estática que le empuja hacia abajo. Ese árbol que decide ser infértil, pero vivir por todas las vidas que se ha ahorrado engendrar; ese que se deja amar por el viento y no le da miedo dejarse seducir por su voz, vibrar, moverse s...
El de la mirada imposible, y las cejas fuertes por donde quiero dejar que caminen mis dedos. El de los labios inyectados de ti con sabor a alma, con sabor a lo impalpable. El de la risa constante y la sonrisa de azúcar, que parece darlas gratis pero yo sé cuanto a ti te ha costado sostenerlas. ¡Tú! ¡Sí tú! El de mis sueños estrictamente curvos y mis realidades precisamente imperfectas. Tú, el de oro líquido enredado en mí, en ti, y en todos mis espacios. Sí Amor, a ti es a quien escribo y sigo, como ríos de tinta en papel rajado, en papel doblado, en papel quemado... Ríos que fluyen un día y otros, se desbordan por caudales quebradizos que más tarde se hacen nada, se evaporan y se vuelven soldados del viento. ¡Sí Amor, a ti te hablo! Aunque aquellos soldados que te digo huyan con mi voz en sus manos y hacia los cuatro rumbos corran. Y te eviten siempre a ti, mi quinta estación. El quinto pétalo de mi rosa de los vientos. Sí Amor...
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